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ISSN 1989-4163

NUMERO 81 - MARZO 2017

Remembranzas (XIII) - El Régimen Franquista

Joaquín Lloréns

Hace unos días evisceraba y quitaba las espinas y la diminuta aleta dorsal a unos boquerones. A estas alturas, ya ni siquiera me da asco. Apenas me molesta el olor a pescado que queda en los dedos y que cuesta eliminar incluso tras lavarme las manos. Entregado a tan poco gratificante tarea, de pronto me percaté de que no recordaba que en casa de mis padres se hubieran comido nunca dichos sabrosos pescados azules. Y ello se debió a que mi padre mantenía un régimen que duró tanto como el régimen franquista, e incluso más.

Según contaba, dicho régimen había sido recomendado por un médico especialista. El motivo: evitar unas jaquecas tremendamente dolorosas que le impelían incluso a golpearse la cabeza contra la pared, aunque nunca fui testigo de tan drástico remedio. Sí que recuerdo, sin embargo, llegar del colegio y escuchar a mi madre avisar: “Chisstt –susurraba con el dedo índice sobre los labios–. No hagas ruido. A papá le ha dado una jaqueca y está en el cuarto”. Por lo visto, él las presentía venir porque la vista se le comenzaba a nublar y, poco después, el terrible dolor le atacaba inmisericorde. El único medio de mitigarlo en parte consistía en encerrarse a oscuras con las persianas bajadas, un antifaz sobre los ojos –que usaba cada noche. Es la única persona que he conocido que usaba diariamente dicho adminículo– y que a su alrededor imperara el silencio más absoluto. Y así permanecía hasta el día siguiente mientras el resto de la casa vivía entre susurros. Eso hasta que descubrió el Sedalmerck. A partir de entonces, en cuanto notaba la turbidez en la vista, se tomaba una o dos pastillas de aquel medicamento y se refugiaba en aquella especie de cueva hogareña. Pero ya el dolor era más soportable y, sobre todo, mucho menos prolongado en el tiempo. De otra persona, uno podría sospechar que aquellas jaquecas se correspondieran al uso desmedido y ocasional de bebidas alcohólicas, pero mi padre nunca bebió alcohol. Lo más que llegó a hacer, fue mojarse los labios de vino para dar su parecer sobre la calidad del mismo. Dada su inexperiencia, sus juicios debían de ser, cuanto menos, originales. De hecho, ni siquiera entraba en los bares, en una ciudad, Bilbao, donde casi se vive en ellos, lo que constituía una muestra más de lo peculiar de su carácter.

Aquellas terribles cefaleas tenían su origen, según el médico que le diagnosticó, en una deficiencia hepática generada por la malnutrición sufrida en su adolescencia durante la guerra civil. A él le pilló en Jijona, el pueblo de Alicante en el que nació y, mientras permaneció bajo el mando republicano, apenas comió nada que no fueran cebollas y patatas. Ese régimen –en este caso republicano– impuesto provocó que su hígado no se desarrollara como era preceptivo y que la ingesta, a partir de entonces, de determinados alimentos, le provocara aquellos ratos tan dolorosos. Tras las primeras consultas médicas, los doctores le indicaron que no comiera grasas, así que, desde entonces, jamás comía cerdo, ni chocolate, ni pescado azul… Y ahí comenzó su riguroso régimen –ya en período franquista–. Lamentablemente, aquel régimen inicial sospecho que fue degenerando y para cuando yo tuve uso de razón, la alimentación de mi padre era más limitada que la de un siervo bajo el imperio ruso y era mucho más fácil numerar los alimentos que comía que los que no.

Así, cada día desayunaba lo mismo: Eko con Molico disuelto en agua caliente (Para los más jóvenes, el Eko son cereales solubles y el Moliko, leche descremada en polvo. En aquel entonces no existían leches desnatadas o sin lactosa) acompañado con una magdalena la Bella Easo. ¡Vaya festín! Alguna que otra vez le vi desayunar, o sobre todo merendar, una tostada de pan aceite ¡y azúcar! Siempre tomaba el mismo postre: dos naranjas al mediodía y una naranja por la noche. De carne, solo tomaba ternera o pollo sin salsas de ningún tipo. De pescado, gallo y en las ocasiones especiales, besugo. Y poco más. Ni bacalo, ni rodaballo, ni cabracho… Lechuga con cebolla cada día. El único marisco que pasaba por su tracto digestivo eran las gambas hervidas, y solo en celebraciones. Los otros alimentos que solía comer con frecuencia eran el arroz y el hervido de patata con cebolla. Para cenar, casi todas las noches el menú era idéntico: además de la citada naranja, una tortilla francesa con patatas fritas. Incomprensiblemente, los huevos fritos con patatas fritas o la tortilla de patatas, afirmaba que le sentaban mal.

Pensando en positivo fue un avanzado para su época. Cuarenta años antes de que se pusiera de moda lo de comer de régimen, él lo practicaba a rajatabla, aunque lo de que fuera sano… Eso es otra cosa. Como le dijo una vez su hermano pequeño, ya de adultos: “Antonio… Eres un comemierdas”.

Lo más triste de todo es que, ya en su vejez, se dieron varias casualidades que a uno le hacen dudar de todo aquel régimen franquista. Así, durante la cena en penumbra en un espectáculo en el que actuaba una de sus nietas, le sirvieron una ración de cochinillo, manjar que jamás había comido por tratarse de “carne de cerdo”. Al preguntar a mi hermano qué era aquella carne tan tierna, este le contestó para evitar complicaciones que era “ternera mallorquina”. Mi padre se la comió y le sentó de maravilla. Luego siempre suspiraba recordando aquella exquisita “ternera mallorquina”. Nunca nadie le confesó la realidad –conociéndole era capaz de que le sentara mal, aunque hubieran pasado dos años desde su ingesta– y todos comenzamos a dudar desde entonces si aquel régimen franquista había sido una limitación absurda o el simple reflejo de sus manías con la comida. Más aún, nos preguntábamos si aquellas nostalgias que padecía al recordar el sabor del chocolate –jamás volvió a probarlo desde el diagnóstico– eran un sacrificio inútil, meras fantasías o una realidad que fue cambiando a lo largo de los años sin que él se percatara por culpa de tomarse tan rigurosamente su régimen franquista. ¡Y eso que él siempre se declaró republicano!

Anchoa

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